No fue

Cerati, recuerda que no sueles dejarnos solos, no habitas en la ciudad de la furia. Lo sabemos, estas en remolinos, pero la salida no está a un millón de años luz, está en el séptimo día, ¡y tú ya llevas un año! Nos lo prometiste, no hay zona de promesas en la que no puedas salir, no sigas esperando que pase el temblor. ¡Es un crimen! No hay cosas imposibles, no hay torres de marfil, no hay camuflajes o, ¿amas dejarnos así? Tu cicatriz está en nosotros, tú eres ese uno entre mil. No existimos, simplemente no existimos si no estas aquí. ¿Quién te rapto a bocanadas? ¿Dónde dejaste tu amor amarillo? Iremos a la raíz. Trátanos suavemente. Sabes que no tienes un día común, ni una doble vida, y si lo tienes, levanta el pulgar, para saber que no eres hombre al agua.
Ya pasó el temblor, despierta.



La metamorfosis sin cambio

El número doce tiene mucho significado en la historia, doce meses, doce horas, doce apóstoles, doce… en fin, no recuerdo más; el punto es que el doce no sólo divide el mundo, también divide la música, la música en doce partes de Philip Glass.
La metamorfosis consiste en cambio corporal; si Philip Glass se refiere a cambio en su música, tendré que decir que no hay mucho, pero al escucharlo, al escuchar esa eterna melodía, te das cuenta que no es eterna, y que cada vez que escuchas de nuevo las notas, sientes que nunca en tu vida las habías escuchado. Un espiral extraño el que provoca Glass. Pero si se refiere a cambio corporal, entonces tendré que decir que la extraña sensación placentera que experimenté durante y después de escuchar su música, se debe a su minimalismo extraordinario.
No hay muchas palabras para describir las notas que desprende el piano de Philip Glass, ya que efectivamente, no hay muchas notas, pero eso no quiere decir que sea repetitivo, ¡por supuesto que no!, sólo habría una palabra para describir todo el universo que encierra este magnifico músico, y es… no lo sé, descúbranla ustedes, yo ya la descubrí.

Escuchen a Philip Glass, lo recomiendo bastante.

Del anochecer hasta el amanecer.


Ravi Shankar, el maestro del sitar, el sonido de la India… no hay palabras; siéntanlo, disfrútenlo, viájenlo, ámenlo.
Esta es sólo una diezmilésima parte del maestro, por favor escúchenla, se sorprenderán.

¿Dónde muere la lluvia? Al tocar la tierra.

El agua, el mar, la playa, las tortugas, los dioses, las piedras, el fuego, el rayo, las tinieblas, los manantiales y el cielo, tienen algo en común: son brujos del aguatierra; y todos estos brujos duermen en un hombre que va en camino de regreso a Aztlán, Antonio Zepeda.
Los teponaztlis, los huehuetls, las ocarinas, las flautas, las sonajas, y todo el conjunto de elementos artísticos, hermosos, magnificos, espectaculares y emotivos, son lo que provocan ese sentimiento que simplemente, en verdad, simplemente, no puedo describir con palabras. Discúlpenme, realmente no lo puedo describir, sólo diré que… es arte puramente prehispánico.

Si eres mexicano, estas obligado a escuchar a Antonio Zepeda, y sin no lo eres, la mejor forma de conocer México sin salir de tu casa es escuchándolo.
¡Viva Antonio Zepeda, viva la música prehispánica, viva México!

Los enanos llegaron ya, y llegaron brincando murallás

Por el resto de mis días, seguiré buscando a Carmencita, la mujer maravilla. Me han dicho que estaba detrás de la cordillera, me lo dijo un guerrero, mientras caminaba por el país del no dormir. No quiero quedarme abrazando ausencias, besando una piel de nopal, tomando tequila, tomando tequila. Estoy atrapado por su corazón, es mi mal de amores, es mi luz de día, es mi luz del rio. La conocí una noche en potrerillos, mientras me convertía en el hombre vegetal. Me dijo que no habláramos de amor, que mi francés limón no la dormía, pero pelearé una guerra gaucha por ella. Tomé mi guitarra blanca y me dirigí ahí, como un delfín, desde el Cairo a París, acompañando a Houdini II. Carmencita, no me verás, sé que no fui para ti, te encontraré ahí, donde sé que duermes, detrás de la muralla verde.

El grupo argentino más representativo del rock más fresa. A pesar de que extreman sus canciones al romanticismo, cada una de ellas, ¡cada una de ellas!, provoca un sentimiento nostálgico o romántico en sus oyentes. No todo es miel, no todo es amor, también hay guerra en ellos, sed de libertad, y mágicamente, cada melodía cantada por Marciano Cantero, es un acompañamiento confiable. Nunca he sentido la misma empatía en tales canciones, será por su letra un poco carente de metáforas, letras claras que sirven de abrazos y que simplemente te expresan emociones y situaciones que, extrañamente, todos hemos vivido. Recomiendo ampliamente cada tema de este grupo muy diferente a cualquiera, como Tequila, Cordillera, Piel de nopal, El delfín, Houdini II, mujer maravilla, el Guerrero, y otras, que ya irán descubriendo.
En fin, ¿algo más?, no lleguen a la muralla verde, es lo último que deberían hacer, pues primero deben cruzar la cordillera para llegar a ella.
Debo aclarar, que los autores que he citado hasta ahora, son claros ejemplos, o instrumentos (para mí, tal vez) de descargas emocionales, descargas que son necesarias en momentos en los que no sabes qué pasa contigo. Hay desde purgadores de furia, como System of a Down, hasta llaves mentales de tranquilidad, como Steve Roach, polos opuestos en la música, así como en las emociones.
Realmente es necesaria (y tal vez indispensable) la música en la vida; arrincona las penas y revive las alegrías, o viceversa. Muta infernalmente las tristezas en euforia, tal vez hasta convertirlas en ira y necesidad de desahogo. Multiplica la alegría hasta convertirla en júbilo, un grado excepcional  de satisfacción.
En fin, debemos escuchar música, así de simple; yo recomiendo los autores anteriores, , pues hay de todos tipos, patrióticos, depresivos, alegres, tristes, eufóricos, etc. En serio los recomiendo, me han servido mucho; y si ustedes sienten algo, de lo cual no saben qué es, ni cómo eliminarlo, recurran a los citados. Ya en el caso extremo, en donde no puedan desahogar ese sentimiento, y ya escucharon toda la música posible ¡Paren! Es su turno de hacerla, hagan música.

Mal caballito


He escuchado relinchar caballos, burros, yeguas, maestros, parientes, perros, amigos, en fin, un sinfín de cosas, pero nunca he escuchado relinchar una guitarra. Realmente eso sería fantástico, escuchar el instrumento que suda adrenalina, combinado con el animal que trae cabalgando en sus venas furia. Lo sé, dije: sería fantástico, me equivoque, ¡Es fantástico!


Oh! Alabado sea el amo y señor todopoderoso Steve Vai, señor dador de melodías y purgador de pecados de continencia. Tú, que tratas a la guitarra como a la amada, con delicadeza y cariño extremadamente sutil, elévanos por los cielos con una entrega sensible, montado en el caballo que nos llevara a la locura eterna, y conocer por fin al enigmático niño “Ya-yo gakk”. Amen.
¿Palabras? No, mejor Steve Vai.